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Photo by Simon Reza

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Photo by Moontashir Mandal

Los perros de Tremont

 

A Juan Romero, 

un niño que vivió y me contó esta historia

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     La desgracia marcó a los perros de Tremont el día en que llegaron los inspectores con la orden de cierre. Los dueños del taller de mecánica junto a la escuela desaparecieron, dejando atrás una deuda de varios miles de dólares, unas cuantas herramientas que no valían mucho y los siete perros callejeros, que habían ido recogiendo para que ladraran si se metían los ladrones o los niños intentaban destruir el lugar. 

 

     Más de una semana estuvieron los satos centinelas haciendo guardia frente al portón, mirando con hambre los papeles que dejaron puestos en él con amenazas de arresto al que abriera ese establecimiento. Uno a uno se fue convenciendo de que ahí dentro ya no se comería más, y volvieron como antes a buscar su alimento en los lotes llenos de basura, donde a falta de otra carne las ratas grandes y gordas resultaban un delicioso manjar.  

 

     Los niños del vecindario sabiéndolos desamparados, molestos de verlos ir y venir juntos a todas partes como una pandilla de forajidos, iniciaron una gran campaña militar contra los canes. El plan era enlazarlos y apedrearlos, pero ellos habían aprendido precisamente a golpes cómo esquivar el peligro y refugiarse en los edificios quemados y medio demolidos, o en los matorrales adyacentes a los expressways. La única fortuna con que contaban era el verano, pues la escuela estaba cerrada, así que el número de cazadores era relativamente pequeño y en las escapadas bastaba dividirse en dos o tres grupos para evadir la partida de hostigadores.  Pero el verano de Nueva York es fugaz y en menos de lo esperado los cogió septiembre. La escuela inició su año escolar el nueve y desde ese mismo lunes bandas de veinte y treinta muchachos llegaron a reforzar las ineficientes fuerzas locales. Tirapiedras de largo alcance y pistolas de aire se hicieron comunes, y la sangre comenzó a manar en los pelambres.

 

     La primera muerte llegó en octubre. Excitados por la cercanía de Halloween, los niños redoblaron sus ataques. En un escape apretado, a la única hembra de los siete perros le reventaron el vientre de una pedrada. Seguida muy de cerca por catorce muchachos que gritaban obscenidades, ciega de pánico, cruzó la avenida Tremont y un carro le pasó por encima. Los niños la rodearon aullando, saboreando su triunfo mientras algunos vecinos la levantaban para llevarla a un lote abandonado. Tenía una gran hemorragia. Las ruedas le destrozaron la cadera y los órganos cercanos. Agonizante, sin alientos para un quejido, vio cómo en un acto de caridad alguien trajo una lata de gasolina, se la roció encima y le arrojó un fósforo encendido a su mojado pelaje. En la cara sintió primero la explosión que se le llevó en una fracción de segundo pestañas, cejas y bigotes; después la recorrió un escalofrío y enseguida la traspasó el dolor intensísimo de su piel recogiéndose bajo una humareda oscura y amarga. Desde sus escondites, los otros seis perros oyeron los gritos de la compañera, que en cinco minutos no era más que un montón de huesos y vísceras mal quemadas entre una bolsa plástica. 

 

     La segunda muerte vino en el invierno y sacudió a la gente incluso en barrios lejanos. Ni las luces de navidad, ni los Santa Claus con sus campanitas habían hecho olvidar a los perros su rencor por los hechos de octubre. A todo carro o bicicleta que pasaba ladraban y gruñían. En las avenidas  se pasaban  noches enteras ladrando hasta quedarse roncos, hasta que los tumbaba el cansancio sobre los quicios helados. Enroscados uno contra otro para darse calor, soñaban con un mundo sin escuelas ni calles congestionadas. 

 

     La mañana del seis de enero andaban por Webster Avenue buscando desayuno entre los desperdicios de un restaurante chino, cuando pasó un niño de ocho años en la bicicleta que acababan de traerle los Reyes Magos. Apenas lo divisaron, corrieron todos ladrando a alcanzarlo. El niño viendo ese mar de colmillos alrededor de sus piernas, perdió el equilibrio y se rompió el cráneo contra unos ladrillos. Los noticieros de televisión pasaron una y otra vez las declaraciones en que los testigos acusaban contundentemente a los perros. En vano buscaron a alguien responsable de esos animales. Ellos eran los únicos culpables y serían los únicos castigados. Los niños encontraron así una justificación legítima para su cacería, a la cual se unieron los jovencitos que vendían drogas en el barrio, quienes ya contaban con armas de fuego y juraron no permitir que las autoridades se les adelantaran en capturar los perros. Eliminarlos pasó a ser una cuestión de honor, una forma de repararle en algo a la familia dolorida la pérdida de su hijo. 

 

     Los perros, que creían haberlo visto todo, no se imaginaban la creatividad de los jóvenes vengadores. En la esquina de LaFontain y la 180 ahorcaron al segundo de los perros de Tremont colgándolo de una cesta de basketball; al tercero, en el parque contra el muro de handball, todo el que quiso hacer puntería tuvo su chance y lo rellenaron de plomo; al cuarto lo trajeron vivo frente al apartamento del niño difunto, conectaron cables a la caja de un poste de luz y le metieron corriente hasta electrocutarlo; al quinto lo fracturaron a patadas y luego lo lanzaron desde la azotea de un edificio. Al sexto lo amarraron de las patas a una motocicleta y lo arrastraron por todo el vecindario hasta hacerlo pedazos. El séptimo, en cambio, logró evadir la muerte en las orillas del Hudson saltando de un barranco a un tren Amtrak que venía entrando despacio a la ciudad. El fugitivo halló la forma de llegar a cierta zona desolada cerca de los muelles. Allí pudo el último de los perros de Tremont burlar por unos años la desgracia que lo tenía marcado; entre alcohólicos y drogadictos moribundos que no averiguaban el pasado de nadie, ni se interesaban por venganzas ajenas. 

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El relato Los perros de Tremont, de El Restaurador, forma parte de la novela y colección de cuentos Los Jardines de Isham.

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© 2020 by Alfredo Arango. 

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