
Las antologías de nuestro Melquiades
[Comentarios de Alfredo Arango en la presentación
de la antología “20 Narradores Colombianos en USA"]
Como el gitano Melquiades llegaba a Macondo llevando inventos que maravillaban al soñador patriarca José Arcadio Buendía en "Cien años de soledad", así suele llegar Eduardo Márceles Daconte a Nueva York y otras urbes de los Estados Unidos, cada cierto tiempo, a maravillarnos a los escritores inmigrantes con sus ideas de publicar nuestras historias y hacernos famosos. No es de extrañarse que así sea, pues este buen amigo, excelente promotor cultural y escritor por derecho propio, es originario de Aracataca, el verdadero Macondo; de ese lugar recóndito y asombroso heredó el realismo-mágico con el cual anda por el mundo inventando proyectos culturales fascinantes.
La vez anterior, hace ya 23 años, venía de China, donde había sido parte de un grupo de sabios que estaban traduciendo al español unos manuscritos cuya naturaleza ya no recuerdo, pero que quizás cifraban el fin del mundo. En ese entonces en Nueva York era uno de nosotros y a partir de la antología en su apartamento en Loisaida (el Lower East Side pronunciado a machete) hacíamos una fiestas escandalosas e interminables. En ese libro de pastas zapotes publicó tres de mis cuentos y otras historias excelentes de otros exiliados; una antología que atesoro por lo que significó y significa para quienes nos fuimos con nuestros cuentos a otra parte. Valga la pena contar la anécdota de que cuando llegué al Miami Herald a pedir empleo como reportero, me llevé esa antología debajo del brazo y cuando el Publisher, que era Alberto Ibarguen, me preguntó si le podía mostrar una muestra de mi trabajo, le di a leer uno de esos tres cuentos, “Oscuros hallazgos”, un infanticidio sucedido en el Bronx, narrado en forma de crónica breve. El hombre lo leyó y me dijo: “El trabajo de redactor es suyo, necesito aquí gente que escriba así”. Ese fue el inicio de una relación laboral de 18 años con el Herald; además de que otro de esos cuentos publicados ahí, "El Bar de Ho", lo leyó un crítico alemán conocido de Márceles, quien terminó traduciéndolo a su idioma y publicándolo en un librote sobre la literatura colombiana. Esa antología nos abrió caminos no imaginados.
Con esa antología del Instituto Colombianos de Cultura y seguramente con esta, ciertamente el antólogo nos ha hecho famosos a los escritores, por lo menos entre nosotros mismos. Gracias a ese primer libro conocí a otros escritores colombianos que por distintas razones no habían llegado a las universidades, clubes culturales y antros neoyorquinos donde un reducido número de nosotros nos juntábamos. Probablemente ese sea el valor principal de una antología. El hecho de reunir a diversos creadores en un solo libro cumple una función de enorme valor, no solo para la relación entre el público lector y la creación literaria en sí misma, sino para la crítica literaria, que a través de ese esfuerzo aglutinador permite descubrir influencias y tendencias.
La antología, sobre todo la de escritores que nos hemos perdido en el anonimato propio de quienes emigran de su patria e inmigran a mundos con otras culturas y otras lenguas distintas, es profundamente asombrosa, porque revela los lugares únicos o comunes y los elementos que nos diferencian o nos identifican entre nosotros mismos y con relación al hacer literario de la tierra de donde procedemos.
Todos estos creadores de la vieja y de la nueva antología de Márceles somos como una gran familia. Nos hermanan tantas cosas. Los inmigrantes, ante la ausencia de nuestras familias y sin los compromisos atávicos que se quedan en los países de origen, digamos que en un estado de orfandad total, nos relacionamos no solo como compatriotas y colegas, sino casi como sangre. Somos quienes celebramos con infinita alegría los pequeños logros de cada uno, los que atendemos al que está enfermo, los que albergamos al que queda desempleado y desamparado, los que nos hacemos presentes en el hospital o en el cementerio. Por eso el significado de estas antologías de nuestro Melquiades moderno es tan grande, más hondo de lo que un lector desapercibido podría imaginarse. Para quienes hemos sido eternos emigrantes desde nuestra niñez, igual que para quienes ya grandes comienzan a vivir la experiencia de la migración, estas antologías se convierten en una suerte de diario de navegación en estos mares que no registran los mapas, pues los cartógrafos somos precisamente nosotros, ya que la vida del emigrante es mucho más incierta que la del sedentario, construyéndose a medida que se camina a veces a ciegas. En particular las vidas de los escritores y artistas migrantes, a menudo oscurecidas por el desarraigo, son iluminadas por el asombro de un descubrimiento incesante no solo de nuevos espacios explorados y personas insospechadas, sino de la propia individualidad, que se pone a prueba en cada palabra que aprendemos de otro idioma, en cada oficio que nos toca desempeñar para sobrevivir, y en cada palabra que vamos dejando escrita como testimonio de cosas generalmente insólitas.
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La presentación de la antología “20 Narradores Colombianos en USA” se llevó a cabo el 25 de septiembre del 2017, en La Nacional / Spanish Benevolent Society, en Nueva York. En este evento también presentaron sus comentarios el antólogo Eduardo Márceles Daconte y los escritores Jaime Manrique, Jacqueline Donado, Silvio Martínez Palau, Adriana Restrepo, Alister Ramírez, Carlos Aguasaco, Miguel Falquez-Certain, Plinio Garrido y Renándarío Arango. En la presentación de la obra realizada en Miami ofrecieron sus comentarios los escritores Martha Daza, Freda Mosquera, Beatriz Mendoza Cortissoz, Luis Miranda, Pilar Velez Zamparelli, Rafael Vega Jácome, Jaime Cabrera y Juan Pablo Salas.






