Acerca de

Mejor morir
Por Alfredo Arango
"… La muerte, ese otro mar, esa otra flecha
que nos libra del sol y de la luna, y del amor".
1964, Jorge Luís Borges
"... Prefiero mejor morir
que vivir sin tener tu amor".
Malagueña, Ernesto Lecuona
Conchita Utrera, la mujer que inspiró la famosísima canción Aquellos ojos verdes, comenzó a volver en sí después de un infarto del miocardio, en el cual estuvo medio minuto con el corazón paralizado. Separó despacio los párpados, y el joven y pecoso médico al verle los ojos se sintió traspasado por una nostálgica dulzura, nunca antes experimentada. En el verdor de esa mirada recordó él de repente los majestuosos bosques de Michigan en primavera, y la paz enorme de los grandes lagos a la cual se habían acostumbrado los suyos durante una niñez feliz, en la que pasaba horas contemplando el Canadá desde el pórtico de la casa paterna. Como permite la hoja que la lleve el viento, permitió él que lo arrastrara el embrujo de esas pupilas y revivió en un instante los escalofríos de su primera pasión y las tristezas que como cicatrices de viruela le dejó ese amor en el recuerdo. Le sorprendió la magia con que esos ojos podían hacerlo evocar cosas tan íntimas en un momento tan inapropiado. Si hubiera sabido quién era la anciana de pelo blanco que derrumbada en esa camilla se recuperaba, no le hubiera sorprendido en absoluto, pero no tenía idea; en aquella sala verde llena de equipos resucitadores Conchita era una paciente más.
En el proceso de recobrar la conciencia, pensó ella que se encontraba aún en su apartamento; creyó que la crisis cardiaca apenas comenzaba y que el hombre que tenía en frente era un paramédico dispuesto, como las otras veces, a obligarla por medio de inyecciones de epinefrina y electroshocks a regresar a su vida deforestada. Quiso rogarle que la dejara, que aunque fuera por una vez se abstuviera de llevar a cabo su noble trabajo, pero las palabras no le llegaron a la lengua; además, lámparas y enfermeras cruzando de un lado a otro le permitieron comprobar que estaba en el hospital y ya era tarde, irremediablemente la habían salvado de nuevo. En los infartos anteriores, al despertar y caer en cuenta de que el corazón todavía bombeaba sangre a través de su maltrecho cuerpo, sintió mucha gratitud hacia los médicos que le ayudaban a seguir en este mundo. Se había visto claramente salir del terror y llegar a la felicidad, como quien entra congelado de la soledad de la calle a la tibieza de un restaurante conocido. Esta vez no. En medio de su aturdimiento pudo darse cuenta que, por el contrario, ahora estaba dejando atrás el terror a lo desconocido para hundirse en un horror por lo cotidiano, por las vergonzosas rutinas de la vejez.
El deseo de morirse fue algo que siempre quiso entender, pero nunca llegó a sentir hasta ese momento. Se había preguntado con amargura el porqué de ese impulso, desde que su hermano Adolfo se suicidó en el apartamento donde vivía con ella en un caserón de Broadway, que compartían varias de las más grandes estrellas de la música cubana de la época. Aprovechando que ella fue a una audición en los Silver Cups Studios, cerró él puertas y ventanas y abrió las llaves del gas. Desconcertada, le pidió con insistencia a su gran amigo Ernesto Lecuona que le explicara esa decisión macabra. El, mirándola a los ojos una noche de 1935, le dijo:
–Conchita, a veces la vida pierde tanto su razón de ser, que la muerte se convierte en la única salida posible.
No obstante las razones de Lecuona parecían tan simples, le resultaban borrosas. Aunque siempre vio a su hermano confundido y atormentado por sus emociones y su amor prohibido, nadie lograba hacerle entender a ella esa muerte, ni aceptar la excusa de una supuesta enfermedad incurable. Adolfo emigró en 1926 a Nueva York lleno de fuerza, buscando los públicos que comenzaban a valorar en dólares los danzones y más adelante se volverían locos con rumbas y mambos. Aunque lo suyo era la música lírica, que no tenía la misma demanda entre los bailadores neoyorquinos, nunca le faltaba trabajo y dinero. Sin saber que se llamaría Nat King Cole, presentía que un gran cantante norteamericano cantaría en español sus composiciones; y sin saber que sería precisamente Aquellos ojos verdes, tenía la certeza de que una de ellas sería el mayor éxito de ese cantante en América Latina. Todo le iba más o menos bien cuando tomó esa última decisión, que le arrancó a Conchita de cuajo el alma a los 19 años de edad.
Se volvió a preguntar sobre el suicidio en 1949 cuando el millonario colombiano Carlos Toledo, con quien estuvo casada 13 años y separada dos, se ahorcó en el balcón de su mansión en Barranquilla. En el caso de Adolfo era un poco más comprensible, pero Carlos Toledo era un hombre práctico, a veces cínico y duro, hecho para disfrutar cada minuto, para saciar su placer en cada acto por trascendental o insignificante que fuera; además rico, con capacidad para tener y hacer lo que le diera la gana. Y las características: en cambio de dispararse en la sien, colgarse de una reja; sabiendo como debía saber la angustia que produce esa particular manera de terminarlo todo.
Ahora lo entendía, no racionalmente sino más allá, más profundamente, desde la lógica del sentimiento, que sin esfuerzo le hace brotar al cerebro razones obvias. Sólo después de haber estado al otro lado, podía saborear el gusto de la renunciación, la tranquilidad de poder asomarse a la muerte sin impresión de vacío ni oscuridad, sino más bien con la esperanza de concluir algo absurdo. Por caminos distintos a los de su hermano y su esposo, había logrado llegar a ese territorio que pisaron ellos, y para su extrañeza lograba sentirse así verdaderamente cerca de esos dos amados fantasmas.
El médico viendo que su paciente movía la cabeza, hizo un esfuerzo para romper el hechizo y salir de los aromáticos bosques y los estáticos lagos en que lo sumieron aquellos ojos verdes. Con una pronunciación aceptable le preguntó en español:
– ¿Me escucha, señora?
–Sí, doctor, le escucho.
– ¿Cómo se llama usted?
–Concepción... Conchita Utrera.
Una enfermera al oírla hablar, se acercó sonriente y le dijo:
–Querida, ya todo pasó, usted está bien.
Conchita sonrió entre dientes. El doctor se animó a decirle también algo placentero:
–Conchita, usted tiene ojos muy bonitos.
Conchita cerró un poco los párpados y vio a Adolfo sonriente, feliz, con una camisa aguamarina, en la casa de La Habana, atravesar la puerta por cuyo mediopunto se filtraba el sol que venía del patio para iluminar la gran sala bordeada de plantas, tomarla de las mejillas y la nuca y decirle:
–Niña, oye lo que compuse para ti, la música es de Nilo Menéndez –y luego empezar a cantarle– "Fueron tus ojos los que me dieron el tema dulce de mi canción, tus ojos verdes, claros, serenos, ojos que han sido mi inspiración. Aquellos ojos verdes de mirada serena, dejaron en mi alma eterna sed de amar, anhelos de caricias, de besos y ternuras, de todas las dulzuras que sabían brindar. Aquellos ojos verdes serenos como un lago, en cuyas quietas aguas un día me miré, no saben las tristezas que en mi alma han dejado, aquellos ojos verdes que yo nunca besaré...
Vio a Ernesto en calzones rodilleros saltar de un convertible en Coney Island una cálida tarde de julio, correr hacia ella, tomarla de las puntas de los dedos y bailando en son de vals decirle:
– ¿Qué te parece esto? Damisela encantadora, damisela por ti yo muero, si me miras, si me besas, damisela serás mi amor...
Vio la cara tan varonil de Carlos Toledo, su piel bien rasurada, acanelada por el sol, en la penumbra de la gigantesca pista del Club Barranquilla, bailando despacito, rozándole los pezones con las solapas de su traje beish de lino, susurrándole embriagadoramente al oído:
–Cubana, estoy loco de amor por ti, quiéreme y te regalo este país.
Pero se vio también a sí misma frente a un tocador de tres espejos mirándose los ojos llenos de lágrimas, cantando la más famosa canción de Ernesto: "Carabalí, no hay un corazón que llegue junto a ti, Carabalí, tu consuelo es solamente morir..." Conchita hizo un esfuerzo y las palabras le llegaron a la lengua, al paladar, le salieron resecas por entre los labios:
–Gracias, doctor.
Hubiera querido decirle más, pero no tenía saliva ni alientos para tanto. Quería decirle: "Gracias, doctor, pero es en vano su esfuerzo. Al fin he sentido con todo su peso la inutilidad de la vida. No se imagina las veces que he escuchado que tengo los ojos lindos, le aseguro que le creo, pero no sólo dejaron tristezas infinitas en las almas más amadas, sino que se han cansado de fotos viejas y discos rayados. Llega un momento en que la vida pierde tanto su razón de ser, que la muerte se convierte en la única salida posible. Gracias por hacerme vivir en un segundo algunos episodios maravillosos de mi pasado, pero ya no hay nada que hacer"... Eran demasiadas palabras para ser dichas por una convaleciente en la sala de cuidados intensivos de aquel hospital.
El doctor sonrió satisfecho y se fue. Conchita volvió a cerrar los ojos con la esperanza de que un cuarto infarto sobreviniera pronto, y con el convencimiento de que cuando el dolor lo anunciara, no tomaría el teléfono para llamar a la emergencia.
Nueva York, 1991
A la izquierda, Conchita Utrera; al centro, Adolfo Utrera y Nilo Menéndez; a la derecha, Ernesto Leuona.
Las canciones en este cuento:
Versión original de la canción Aquellos ojos verdes interpretada por Adolfo Utrera, Nilo Menéndez y Ernesto Lecuona: https://www.youtube.com/watch?v=_bFw0jhVqH8
Versión de Nat King Cole: https://www.youtube.com/watch?v=hGwMfkGZXSs
Damisela Encantadora, compuesta e interpretada por Ernesto Lecuona: https://www.youtube.com/watch?v=Ge4hER4GsJc
Canto Carabalí, de Ernesto Lecuona, interpretado por Alfredo Kraus: https://www.youtube.com/watch?v=Y_zqfYtXlIQ
Contacto: alfredoarangofranco@gmail.com


