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La raíz de amargura

Por Alfredo Arango

“Mirad bien, no sea que alguno deje de alcanzar la gracia de Dios;
que brotando alguna raíz de amargura,
os estorbe, y por ella muchos sean contaminados”.

Hebreos 12:15 RVR1960


La melancolía, la tristeza y la depresión son tres cosas distintas. La depresión es una condición médica, la tristeza es un sentimiento, la melancolía es una forma de ver el mundo.

Una persona puede estar deprimida sin necesariamente ser melancólica y sin sentir tristeza; puede en cambio sentir aburrimiento y flojera constantes e inexplicables, desencanto, insomnio o sueño pernicioso, inutilidad de la vida. Por ejemplo los pacientes de cáncer, enfermedades neurológicas como el Parkinson o el Alzheimer y muchas otras condiciones, tienen como síntoma muy predominante la depresión. Estos pacientes tienen un alto riesgo de suicidio. En realidad, nadie se mata por tristeza, la mayoría de los suicidas deprimidos terminan su vida porque le pierden sentido a la existencia y/o porque no se consideran capaces de soportar los dolores físicos o emocionales que sufren. La depresión se alivia, no se cura, con antidepresivos como el Prozac. Cuando viene mezclada con ansiedad, a los antidepresivos los siquiatras les añaden ansiolíticos como el Xanax. El coctelito es adictivo y nefasto. Tuve una querida amiga a la que destrozaron con eso.

La tristeza es una manera de estar, generalmente frente a una pérdida o imposibilidad, o sea que es la reacción emocional y física a la desaparición de algo o alguien valioso que se tenía o se esperaba conseguir, por ejemplo la muerte de un ser querido o la imposibilidad del amor compartido. No quiere decir que la tristeza sea menos grave que la depresión. La tristeza puede partir el alma. No se mata alguien por tristeza, pero sí se puede dejar morir de pena moral. Dante escribió en el ‘Infierno’ de su ‘Divina comedia’, esta certeza: “Nessun maggior dolore che ricordasi del tempo felice nella miseria”.

La tristeza se quita con la resolución del conflicto que la ha originado, por ejemplo el regreso del amante, o con otro amante (“un clavo saca otro clavo”). Se alivia con compañía, con palmaditas en la espalda, con café, té o yerba mate y mucha conversación. Se supera llorando mucho, hasta que no quede una gota de llanto dentro del cuerpo. También se puede ahuyentar con la sonrisa de un niño. Las sonrisas de los niños espantan muchos males terribles. Sin embargo, ninguno de estos remedios es efectivo contra la depresión. Un deprimido profundo, sin mucho corazón, es capaz de suicidarse con hijos y todo. Casos se ven a cada rato, cogen a los pequeños y los ahogan uno por uno en el baño, se tiran a una laguna con ellos amarrados en el carro, los envenenan, les disparan en la cabeza y luego se matan ellos… No sigamos con esto.

La melancolía es un temperamento, una forma de ser. Prácticamente se nace melancólico, o por lo menos se forja ese carácter a muy temprana edad.

Se puede ser melancólico y no estar triste, ni deprimido, aunque a veces sucede la triple tragedia de que un melancólico se pone triste y se deprime. No hay forma de vivir así. Alcoholizarse o drogarse ayuda al principio, pero después los mismos paliativos conducen al infierno. En tal caso, quitarse la vida es el único remedio.

La melancolía es un estado de nostalgia permanente. Es lo que en portugués llaman “saudade”, una palabra a la que se le puede seguir el rastro de su origen hasta el siglo 13, de la cual el diccionario mismo admite que es un término difícil de traducir a otro idioma, “un deseo vago y constante de algo que no existe, que probablemente no puede existir”, según dice cierto ensayista. El bossa nova es la expresión más vívida de la saudade, como en la composición Aguas de Marzo, collage de imágenes en el que el muito melancólico Antonio Carlos Jobim expresa un sentimiento infinitamente dulce y nostálgico hacia todo lo que caracteriza el mes más lluvioso en Brasil, “as águas de março fechando o verão”.

Se puede ser melancólico y estar alegre al mismo tiempo. Se puede estar muy excitado en medio de una “cópula loca”, como diría Neruda, y al mismo tiempo sentirse melancólico anticipando la lejanía de ese ser que se ha aventurado con uno en ese placer tan profundo, pero que irremediablemente tendrá que separarse y alejarse. Por eso esas ganas tan grandes de meterse dentro del otro cuando se le ama inmensamente. El poeta y letrista Enrique Cadícamo no lo pudo haber expresado mejor: “Quiero emborrachar mi corazón para apagar un loco amor, que más que amor es un sufrir… Nostalgia de escuchar su risa loca y sentir junto a mi boca como un fuego su respiración, angustia de sentirme abandonado y pensar que otro a su lado pronto pronto le hablará de amor…” Advertí que era mejor remojar este melancólico ensayito con un poco de licor.

Amar inmensamente es una característica fundamental del melancólico. El melancólico es un amante desaforado, que generalmente no encuentra dónde depositar ese sentimiento gigantesco, o al revés, el melancólico lleva un vacío permanente y aterrador que no hay cómo llenar. La melancolía es un agujero negro en el pecho, que todo lo devora. Es un universo agridulce. Ni en la depresión ni en la tristeza se puede amar limpiamente a nadie, porque la depresión y la tristeza son malas trastadas del ego; en cambio la melancolía es un estrangulamiento del ego para dar cabida a una delicadeza de actitud basada en sentimientos de compasión hacia todo lo que nos rodea. La Madre Teresa de Calcuta era melancólica hasta en la mirada, una melancólica no triste, sino esperanzada, con una fe a ultranza, a pesar de la lepra, la miseria, la injusticia de que fue testigo voluntaria, o quizás, precisamente por eso.

La melancolía es un estado de abstracción, una separación total del mundo físico, carnal, es una imposibilidad de gozarse con las cosas que a los seres comunes y corrientes entusiasma, físicas como la comida, o emocionales como la venganza. Aún al beber y comer, el melancólico se figura inmerecedor de esos placeres básicos… “Yo vine a darme lo que acaso estuvo asignado para otro; y pienso que si no hubiera nacido, otro pobre tomara este café”, se preguntaba entrañablemente César Vallejo, nuestro melancólico por excelencia, valga la ironía.

Los contrastes a veces ayudan a descifrar las cosas. Aunque ambos terminaron matándose, Hemingway no fue melancólico, Alfonsina Storni sí. Un melancólico no pesca peces espada por diversión, porque se moriría de pesar al ver aquellos seres de fuerza y belleza extraordinarias engarzados de la garganta en un anzuelo, como se murió de pesar aquel otro rey de la melancolía, Baudelaire, al ver un albatros siendo quemado en el pico por marineros desalmados. En el caso de la pesca mayor, para enganchar bien al pez, hay que darle cuerda y luego halarlo, varias veces, torturarlo primero. El melancólico sólo puede torturarse a sí mismo. Una melancólica no pesca, escribe: “Soy un alma desnuda en estos versos, / Alma desnuda que angustiada y sola / Va dejando sus pétalos dispersos”… Ay, “te vas Alfonsina, hacia allá como en sueños…”

El melancólico es poético aunque no sepa escribir. Si sabe escribir, es doblemente melancólico. Su melancolía se vuelve contagiosa, pero sólo para quienes tienen la predisposición a desarrollarla.

Los melancólicos no viven la vida, son testigos de su devenir, la celebran místicamente, la ofrendan en la pila del sacrificio. “Juego mi vida, cambio mi vida, de todos modos la llevo perdida”, escribió nuestro melancólico León DeGreiff, cabizbajo, amargado en una mesa del Café Automático en el centro de Bogotá.

Ah, la amargura. La amargura es un signo distintivo del melancólico, es como una especie de rosa en la solapa. Por eso la literatura de los melancólicos suele ser angustiosa, atormentada… digamos Kafkiana, para no dejar por fuera de estos comentarios a ese gran maestro que era capaz de amanecer cada mañana sobre su cama convertido en un monstruoso montón de melancolía.

La melancolía no se cura con nada porque no es una enfermedad, ni un desarreglo del ánimo. Pretender curar la melancolía sería como intentar eliminar de los páramos las lluvias pertinaces.

Pertinaz es la melancolía y termina imponiéndose dolorosamente a cualquier otro impulso. Aún a un ser tan agradecido y dulce como Violeta Parra, capaz de escribir su famoso poema canción ‘Gracias a la vida’, basta una traición amorosa para que se afirme en su melancolía y termine maldiciéndolo todo en un himno de guerra lleno de una fuerza devoradora titulado ‘Maldigo del alto cielo’:

“…

Maldigo a la solitaria
figura de la bandera,
maldigo cualquier emblema,
la Venus y la Araucaria,
el trino de la canaria,
el cosmos y sus planetas,
la tierra y todas sus grietas
porque me aqueja un pesar,
maldigo del ancho mar
sus puertos y sus caletas,
cuánto será mi dolor.

Maldigo luna y paisaje,
los valles y los desiertos,
maldigo muerto por muerto
y el vivo de rey a paje,
el ave con su plumaje
yo la maldigo a porfía,
las aulas, las sacristías
porque me aflige un dolor,
maldigo el vocablo amor
con toda su porquería,
cuánto será mi dolor

…”.

Violeta Parra compuso este rosario de maldiciones, lo cantó con el alma sangrante y se suicidó.

Si se corre con la suerte ambigua de tener un niño/a melancólico, lo mejor es no atormentarlo con sicólogos, a no ser que los necesite por otras razones; lo más aconsejable, digo yo, es ponerle mucha música sublime, dejarlo que contemple la naturaleza todo el tiempo que él o ella quiera, y que se emocione hasta el llanto; no presionarlo con las jodidas matemáticas, ni con el deporte, mejor proveerle pinceles, lápices, arcilla o una guitarra, porque de los melancólicos suelen salir excelentes escritores y artistas; amarlo con toda la fuerza que sea posible; y dejarlo ser, let him be; dejar que la melancolía sea, let it be, como escribiría el melancólico Paul McCartney luego de soñar con su madre muerta de cáncer cuando él tenía 14 años, la cual en el sueño le dijo: "It will be all right, just let it be".

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© 2020 by Alfredo Arango. 

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